martes, 6 de octubre de 2009

Crónica de la Salomon por Pablo Lapaz



Esta vez la cita era en el Salto del Penitente, uno de los tantos lugares hermosos que tiene este Uruguay. Habían dos tipos de carreras, una de 8 km y otra de 18, todos largaríamos juntos, pero nos separaríamos a los 3 km.

La Largada

Los primeros 3 km serían por campo, entre pedregales, barro y cruzando algún que otro arroyo, saltando de piedra en piedra como ranas.

"¿Alguién vió mi champión?"

Ya casi para terminar la parte de campo y tomar un camino de balastro, al mejor estilo Ninja caminando sobre el agua, me tiro a cruzar un barrial, con la teoría de que un cuerpo que pasa veloz por una parte blanda tiene menos chance de enterrarse. Ja ja ja, “a hacerme el niño Ninja a otro lado”, en la cruzada me quedó un champión tan enterrado que apenas se veía y con el impulso que traía seguí como 10 metros más corriendo.

Así que pegué la vuelta al rescate de mi champión mientras los demás competidores me lo terminaban de enterrar pasándole por encima.

Después de tan linda sesión de fangoterapia, y mirando como me pasaban raudos y veloces otros competidores, me puse nuevamente en carrera, tomando un camino de balastro.

“Como patos en pleno vuelo”

Ahí pensé “bue ahora si vamos a andar rápido y recuperar lo perdido“, ¡para que!, Don Viento se hizo presente, viejo y peludo compañero de ruta que nunca falta, solo que ahora estaba con todas las pilas puestas y mandaba cada sopleteadas que no daba tregua. Por momentos hasta tuve que correr de ojos cerrados del polvillo que el muy desgraciado levantaba.

Ahí mismo y sin hablarnos nos fuimos agrupando con otros corredores para cortar el viento como si fuéramos patos en pleno vuelo.

Los más solidarios o fuertes pasaban la mayor parte del tiempo delante y los que venían más cansados atrás y bien agazapados, mientras corría pensaba: “no hay como lo dificultades pa´ hacer del hombre un bicho solidario”.

En el silencio del grupo se olfateaba que cuando el viento menguara cada uno saldría disparado a hacer su carrera, pero por suerte el vientito duró como unos 7 km y prácticamente fuimos juntos hasta el km 10 (puesto de hidratación).

Llegué al km 10 con unos 8 minutos más de los que me había planificado llegar, aquello no pintaba muy bien, cansado más de lo previsto y con más tiempo del planificado, estaba complicado el panorama.

Allá por el Km 13 nos abandonamos el camino de balastro y nos adentramos en el campo, ahí si estaba en las mías, unas vistas increíbles para todos lados y el terreno lleno de montículos, partes bajas donde corríamos entre el barro, cruzando arroyos a los saltos o simplemente caminando entre el agua.

Ahí me largué a correr más rápido, animado por lo lindo que es andar “a campo”, pero ya era un poco tarde para descontar tan solo estaba a 5 km de llegar.

Daba zancadas largas tratando de pisar parejo, esquivando montículos, piedras, palos, y alguna bostita que otra también, si quería llegar con mis tobillos bien, debía mantenerme concentrado para no pisar mal y lesionarme.

Al rato las ganas de correr fuerte se me empezaron a ir, pues tenía una molestia en la planta del pie que me tenía preocupado. Al minuto la molestia pasó a ser dolor, ahí me asusté y fui más lento tratando de apoyarme más con la pierna derecha, pisando casi en puntas de pie con la pierna izquierda. Ahí como es costumbre en estas cosas, comenzó la lucha interna entre seguir o parar, solo me alentaba la idea que me restaban 4 km para llegar.

A falta de 1 km nos adentramos en un monte nativo con una hermosísima bajada de 400 metros que caracoleaba entre la vegetación, mi mente y espíritu estaban en donde mejor se sienten, un terreno rápido y con muchos desniveles, pero mi pie a cada metro me ponía un freno por el dolor. Con esa lucha entre cuerpo y mente, dolor y placer troté lo mejor que pude saltando para un lado y para el otro, intentando caer siempre con el pie derecho.

Al salir del monte y a falta de 500 metros para llegar un buen regalito de los que planearon el recorrido, una hermosa pared de piedra de unos 150 metros de altura, entonces todos pasamos de correr rápido a modalidad “agarrate de donde puedas”.

"De piedra en piedra"

Trepando como gatos en entre la leña fuimos subiendo, regalando piropos a los organizadores y ahí mismo creo que todos nosotros internalizamos bien la frase de:”salto del penitente”, eso para muchos más que un paseíto era una linda penitencia.

Las piedras grandes eran nuestros bastones y los brazos que se aferraban a ellas a esa altura eran la parte más importante para ganar terreno, así que en cuatro patas fuimos subiendo lentamente hasta llegar a divisar el arco a unos 100 metros.

La llegada

Ahí pisé el acelerador y pasé por el arco como siempre lo hago, muy rápido, la diferencia es que en esta oportunidad el arco se encontraba en el medio de una bajada muy pronunciada, y cuando lo pasé me costó bastante frenar, ja ja ja, menos mal que no terminé de cabezas en un puesto de hidratación.

Cuando paré, ya me hacía la idea de que iba a estar parado por un buen rato y sin poder correr, seguro me había hecho un buen esguince porque el dolor y el ardor eran bastante fuertes. Me saqué el champión y por suerte para mí, solo era una linda yaguita que llevará nada más que unos días en sanar.

Completé mi carrera en 1.41´, con esa sensación de que podría haber dado más, pero feliz por disfrutar del contacto con la naturaleza, contento de correr en libertad por el campo, de perderme en el azul del cielo, en los grises de las piedras y el verde de los montes y praderas. Cada vez que corro “a campo” me conecto con algo muy primitivo que me da mucha felicidad, no se que es, no le encuentro explicación, solo se que eso nunca me sucede en las carreras de calle. En ese entorno me pierdo de las burocracias y los vericuetos de la urbe, me siento en paz y pleno, cada paso, cada zancada, cada mirada, cada suspiro es un viaje a lo simple, al goce y al disfrute. No hay semáforos, no hay veredas, ni empujones, no hay gritos, ni ruidos fuertes, solo simplicidad. Nadie nos apura, y tampoco apuramos a nadie, nadie nos invita a hacer colas, ni a correr de acá para allá a rendirle tributo a los vicios de la ciudad.

Somos tan importantes como una vaca al sol o algún caballo que corretea por el campo, no hay cargos, ni nombres, ni imposiciones, solo está el placer de correr en libertad.