martes, 22 de abril de 2014

Crónica de 100 K Patagonia Run 2014 (por Bernardo Frau)



El autor de esta crónica, Bernardo Frau a la izquierda de esta foto






Patagonia Run - 12 de abril de 2014


Patagonia Run (PR) nació como “Desafío The North Face (TNF)”, o sea, con el alto estándar de calidad organizativa que esa empresa de vestimenta deportiva exige en las competiciones que patrocina. Luego, por algún motivo que no es de nuestra –suya y mía- incumbencia TNF pasó esa carrera al Club de Corredores quien la organiza desde hace ya unos años. Pero con buen criterio TMX, la empresa que comenzó organizando el Desafío TNF decidió mantenerla con otro nombre –pasó a llamarse Patagonia Run- y no bajarle en absoluto el nivel de calidad de servicio que tenía.

Solo se corre en individual pero hay muchas distancias posibles: 10, 21, 42,63, 84 y 100 km. El año que viene agregarán una de 120 km, ya adelantaron. ¿Cuáles son las características y las virtudes de esta carrera que hacen que yo y otros muchos la consideremos entre las mejor organizadas de la Argentina, si no la mejor de todas? Pues de eso precisamente voy a hablarle. Otras carreras argentinas que debe tener en el CV todo ultra que se precie son La Misión, el Columbia Cruce de los Andes, Cuatro Refugios y el Desafío TNF. Todas diferentes, todas buenas, todas bien organizadas. De las cuatro que mencioné yo pondría las dos organizadas por el Club de Corredores por arriba de La Misión y Cuatro Refugios en términos de organización, aunque estas tampoco estén mal manejadas.

La competencia comienza, termina y tiene su base en la localidad patagónica de San Martín de los Andes (SMA) una ciudad “alpina” (me refiero al estilo arquitectónico) al igual que Villa la Angostura. Ambas están ubicadas en el sur de la provincia de Neuquén. Los “assets” o puntos fuertes de PR son:

a) Un circuito muy bello. Yo lamenté en cuatro o cinco oportunidades al menos, no tener conmigo mi cámara de fotos. Había paisajes que daban para fotos memorables.

b) Mesas de abastecimiento cada, a lo sumo, 10 km. Muchas veces cada 8 km.

c) Un cuidado por parte de los organizadores al contacto personal con los corredores, al servicio dedicado durante la carrera que supera lo habitual.

d) Un circuito que permite que los corredores de cualquier distancia “vean” muchísimos puestos de abastecimiento. Es claro que todos tienen acceso de auto, muchos se repiten para las diferentes distancias y algunos se repiten para una misma distancia. Esto es lo “genial”, que con un costo moderado se consigue atender muy bien al corredor, lo que implicó pensar muy cuidadosamente donde poner los puestos.

e) En todos los puestos de comida –hay otros que son solo de hidratación- hay abundante y variada nutrición, fría y caliente, dulce y salada (té, sopa, café, agua, isotónico, budín, empanadas, papas chips, galletas, caramelos, frutas, frutas secas y desecadas y algún otro etc. que puedo estar olvidando)

f) En todos, incluyendo los de hidratación, hay isotónico. Esto permite prescindir de las tabletas de sales, del engorro de recordar tomarlas y asegura que a uno nunca le falten las imprescindibles sales.

g) Una cantidad de médicos, rescatistas o simples asistentes de circuito-la mayoría miembros del ejército- muy grande, que hace que uno siempre, tenga a alguien a quien recurrir en caso de accidente a una distancia reducida.

h) Riguroso manejo de los tiempos de corte. Porque si están es para eso, para cumplirlos.

Cada distancia larga a una hora diferente, entre la medianoche (100 km) y las 11.30 de la mañana (10 km). Los horarios de corte son los mismos para todas las distancias. Son exigentes sin ser imposibles. Para que se haga una idea, el de 100 km es de 22.30 h (yo demoré 21.35). Al igual que el año pasado y como comienza a medianoche subiendo una montaña –el cerro Colorado- se pasa mucho frío en el ascenso y descenso, hasta las 8 de la mañana aproximadamente. Yo estimo que este año hizo -7 o -8 C. Además había nevado mucho por lo que el terreno estaba hermosamente blanco pero el piso en muchos lugares, congelado. Esto hizo que muchos se cayeran, especialmente quienes no contaban con bastones o no los sabían manejar adecuadamente. No llovió ni hizo viento en toda la carrera.

Había este año una variación respecto del circuito del año pasado. Una de las dos montañas principales, el Quilanlahue, era ascendido en la edición pasada inmediatamente después de descender del Colorado, o sea al inicio de la carrera. Esto hacía que uno tomara casi todo el desnivel vertical (DV) cuando las piernas están frescas y sin demasiada carga. Este año el Quilanlahue estaba sobre el final y esto agregó dificultad. Además, el circuito tuvo en 2013 100 km y este año 102.3 km. Parece escasa diferencia pero hay más de media hora entre una distancia y la otra a mi ritmo promedio. La organización avisó desde siempre que el circuito mediría 102.3 km por lo que no hubo variación o cambio de último momento alguno. El DV acumulado (DVA) fue de 4700 metros.

En algún lugar de la carrera, de cuyo nombre no quiero acordarme, como escribiera una vez el Manco de Lepanto, olvidé los bastones a un lado del camino, donde me había detenido a “desvestirme” (quitarme el abrigo nocturno que ya era carga). Me di cuenta 750 m más adelante por lo que tuve que desandar esa distancia lo que como Ud. ya calculó, implicó correr 1.5 km más que todo el mundo. Me quería cortar las venas con galletitas María, suicidarme, matarme, aniquilarme. Pero por supuesto no quedaba otra que retornar a buscarlos. Fue un tremendo dolor de eggs (huevos)-

Hay un viejo adagio, válido tanto para las carreras de calle como para las de aventura, que dice que la carrera pone a todo el mundo en su lugar. Así, al principio yo iba cerca de corredores más rápidos y alguno también más lento, pero con el transcurrir del tiempo cada uno se fue ubicando según su nivel atlético o velocidad media. Poco después del Puesto de Asistencia (PAS) Quechuquina, ubicado en el km 56 o sea no mucho después de superada la mitad de la carrera, comencé a correr en equipo con Jorge Arrigoni y Alejandro Gekdysman, de quienes no me separaría hasta la llegada. Pese a ser el mayor de nosotros –tiene 62 años- Jorge lideró el grupo casi todo el tiempo, salvo el ascenso al Quilanlahue donde yo tomé la punta. Nos mantuvo a Ale y a mí dando siempre un metrito más de lo que hubiéramos podido dar sin él marcándonos el paso en el frente. Jorge es el responsable y entrenador del “Running Team” “Los Correcaminos”. Llevó a esta carrera a 30 de sus alumnos que corrían diferentes distancias. Todos menos uno terminaron lo que es una media muy superior a la de la carrera. Y ese uno que no alcanzó a completar fue una corredora que tuvo un ataque de asma. Con Jorge y Ale como dije llegamos juntos y con ese tiempo Jorge hizo podio en su categoría (60-69), por lo que puede decirse, sin exagerar nada, que la rompió como atleta individual, como líder del equipo que formamos los tres y como entrenador de los “correcas” como ellos se denominan coloquialmente.

Yo sentí en los músculos el haber corrido La Misión -160 km también de montaña, exactamente dos meses antes- y Tandil -25 km de montaña, un mes antes- pues por el km 70 me sentí sin una gota más de combustible. No estaba lesionado, no me dolía nada, pero simplemente no tenía “resto”. Seguí caminando y trotando, a las órdenes de Jorge, por “obediencia debida”. Así llegamos ya caído tiempo atrás el sol, a la ciudad de SMA, corrimos por sus calles vitoreados por la multitud. Ale vivía esta sensación por primera vez, por lo que Jorge y yo lo instamos a grabarla en su recuerdo, a disfrutar el instante de gloria en que uno va por la calle y los autos tocan bocinas y la gente agita sombreros y bufandas y hasta te arrima una fruta o un trago de agua. Porque esos minutos finales en que uno se siente el héroe de la película, son inolvidables. Ese “desfile de Napoleón en París al retorno de Austerlitz” como lo llamo yo, no es algo que tengan todas las carreras de montaña. Lo tiene La Misión, PR y la madre de todas, el UTMB y sus carreras afines o “hijas”. Entrar en “Chamo” (Chamonix, la ciudad alpina, alpina en serio esta vez, donde arranca y termina el UTMB) saludando a la gente y recibiendo su saludo es “touching” (conmovedor). Esto fue muy parecido, aunque con menos espectadores.

Esta carrera es la única ultra en Argentina con tiempos de corte. Quiero decir, con tiempos de corte en serio porque los de La Misión son tan holgados que los cumple todo el mundo. Para completar los 100 km le dan a uno 22.30 horas. Como referencia, en Chamonix para terminar el UTMB (168 km) le dan a uno 46 h. Estamos hablando de aproximadamente la misma cosa .

Terminamos con Jorge y Ale en 21.35, posición 217 de 360 (60 percentil) en la general de los 100 km, y 15 de 40 (38 percentil) en mi categoría (50-59). Hubo 111 abandonos en los 100 km (31 %). Mi predicción de tiempo erró en un 3% lo que sigue siendo muy acertado. Y sin duda esa demora de 3% respecto a lo planeado fue debida al cansancio que arrastro de La Misión, que no contempla mi tabla de tiempos.

No me gusta mencionar los tiempos de todos los amigos porque significaría transformar un texto que aspira a ser fluido como las aguas de un río, en aburrido y soporífero listado. Menos esta vez que había decenas de amigos míos en la carrera. Así que me limitaré a los particularmente destacables. En esta carrera hay un hito que son las 16 horas. Quienes la corren debajo de ese tiempo adquieren el derecho de inscribirse para correr la afamada “Western States“ en los EE UU, la más antigua carrera de 100 millas (160 km) y quizás también la de mayor reputación. Solo 37 corredores –de 360 en total para la distancia de 100 km- lo lograron. Solo dos de mis amigos están entre ellos. Son Miguel Andrade (13.49) y Sebastian Raffo (14.47). Lo de Miguel es particularmente notable porque sólo había corrido antes una carrera de aventura y ni siquiera era una ultra (42 km). Con esa limitadísima experiencia se metió entre los diez primeros –llegó noveno-. La clase de resultado que en Argentina celebramos u homenajeamos con un: “Es un afaaanooo suspendanlóóóóó”. Jorge Arrigoni como dije hizo podio en 60-69 (2do). Jorge Xavier pegó en el palo en el podio 84 km 50-59 (4to). Luis Barco (veterano de la Marathon des Sables, uno de los únicos 19 argentinos a haber corrido esa carrera) tercero en 63 km 60-69 y Norberto Gonzalez cuarto en la misma categoría, misma distancia (y probablemente el corredor más senior de todas las distancias, tiene 72 años). Carlos Sánchez, que había abandonado el año pasado por carecer de vestimenta adecuada para lidiar con el frío, terminó junto con el “Corto” Gerardin, algo que, créame, yo hubiera deseado e intenté sin éxito. Francisco “Pachi” Somoza había sido “cortado” en 2013 faltando apenas 16 km por no cumplir un tiempo de corte. Este año se tomó revancha y terminó bien.

A mí me recibieron los brazos y el amor de mi adorada Carina, y con alegre sorpresa vi en la línea de llegada a mi amigo el pelilargo profe Szkolnik con quien he corrido Pinamar años atrás. Gran abrazo nos dimos. Minutos después que yo llegó Norberto Gonzalez, porque aunque otra distancia tenía otra hora de salida, la llegada es común para todos por lo que me saqué una foto con este gran amigo por primera vez en una línea de llegada.

El día siguiente fue domingo, Domingo de Ramos. Con Cari fuimos a la misa ídem yo para agradecer su presencia en mi vida – la de Cari- y hacer otro tanto por la salud de roble de que gozo y que me permite disfrutar de este deporte y de todas las demás cosas hermosas que conforman la existencia. Al volver caminando con un ramo del mediterranísimo olivo hacia mi hotel, me crucé con un amigo que me dijo al ver el ramo y deducir de donde venía: “Pero Berni, ¿cómo puede un ateo como vos, hijo de Bertrand Russell y Richard Dawkins, de José Batlle y Ordoñez y Atatürk, asistir a misa?” A lo que le respondí: “Ninguna contradicción. Es que yo soy ateo, pero no malagradecido”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario